Si de repente un día fuesen a desaparecer los signos de puntuación y solo pudiese quedar uno, a mi elección, escogería el punto y coma (;). Quizá entrase en pánico unos segundos, porque la exclamación también tiene su aquel, pero no, no, acabaría decidiéndome por él.
Reconozco que yo lo uso siempre que puedo; no en exceso, porque tampoco es plan ahora de llenar nuestros textos con él, pero sí ponerlo cuando me lo pide la narración. Para mí, es un signo elegante, contundente, una declaración de intenciones: «Aquí te planto un punto y coma porque sé de lo que hablo, ea».
Pero con lo guay que es, tengo la sensación de que está un poco olvidado. Aunque, por mi experiencia como correctora, escritora y lectora, también sé que es uno de los signos a los que más cuesta pillarle el truco, porque tiene sus cositas (¿quién no?).
Y es que, el punto y coma es el signo de puntuación que presenta un mayor grado de subjetividad en su empleo. ¿Por qué? Porque, en muchos casos, es posible utilizar otro en su lugar, como el punto y seguido, la coma o los dos puntos. De ahí que cueste tanto enumerar unas reglas concretas.
Vamos, que yo te cuento todo esto y queda a tu elección recurrir a él o no.
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