«El amor me acaba de explotar en el pecho: me duele, me aprieta, me estruja y me mata».

Título: Siempre elegiré respirarte
Serie: Hoy y siempre 2
Autora: Lola Z. Navarro
Año de publicación: 2026
Autopublicado
Género: romance
Tags: polos opuestos, familia, LGBT+
Número de páginas: 572
Inicio: «No me reconozco. El hombre que se refleja en el espejo del baño de un hotel cualquiera es un desconocido. Ese tipo que me atraviesa con la mirada, todavía desnudo, apoya las manos a ambos lados del lavamanos y no deja de observarme».
A veces hay personajes con los que haces clic desde el primer momento, te enamoras en las primeras palabras. Es lo que me ha pasado con los dos protagonistas de Siempre elegiré respirarte, con los dos. Ya me gustaron en Besos de sal, donde aparecen como personajes muy secundarios, pero en su novela me ha encantado Aitor, me ha encantado David, me han encantado por separado y me han encantado juntos.
Son dos personajes que se convierten en reales cuando comienzan a hablar y darse a conocer: con su mochilita a la espalda, con sus ironías y bromas y desaires, con sus miedos y defectos… Y, para mí, el mejor piropo que le puedo dedicar a un personaje es ese: que parezca real.
—A veces, Aitor, no es cuestión de volver sobre nuestros pasos. Es volver a trazar el camino desde otro punto de partida. Buscar otra ruta, tal vez más agreste, puede que más empinada, quizá un poco más larga. Pero el final es llegar a nuestro destino.
Ambos son muy diferentes entre sí: David es médico, serio, con una vida estable, una relación estrecha con su familia y las cosas más claras respecto a él y lo que quiere. Aitor, en cambio, no tiene contacto con su familia materna, no sabe quién es su padre y da tumbos de un lado a otro, un poco por su trabajo como periodista, otro poco por no comprometerse con nada ni nadie.
Aitor empieza a ser como ese libro en la estantería equivocada. Se te va la vista hacia él, una y otra vez. Aunque no deseas otra cosa que devolverlo a su lugar, me resisto a que esa parte tan cerebral de mí me domine. Por eso, acabo cerrando los ojos y desvío la mirada.

Hasta que coinciden en el bar de un hotel, pasan la noche juntos y, aunque ninguno de los dos tiene intención de volver a quedar, la vida los empuja a coincidir y verse de nuevo. Esa proximidad casi forzada los lleva a, poco a poco, conocerse. Y gustarse. Y asustarse.
Siento que todo lo que hay a mi alrededor se diluye, desaparece: la gente, la música, el aroma de los arreglos florales, el tintineo de las copas. Una sordina invade mi cerebro, que lo deja en blanco por milisegundos.
Solo lo veo a él.
Mantienen un toma y daca de pullitas muy divertidas, diálogos inteligentes y, sobre todo, una química y una tensión sexual que la autora mantiene y desarrolla muy bien.
La narración de Lola es de frases bellamente construidas y directas, de capítulos cortos que te arrastran de una página a otra casi sin darte cuenta, de zambullirte de cabeza en Girona (y en otras partes de Cataluña), ciudad donde transcurre la historia, una experiencia inmersiva en la gastronomía del lugar pero también en sus lugares más especiales.
No estoy preparado para ver cómo su vida sigue y la mía entra en punto muerto, deslizándose cuesta abajo, sin poner ninguna marcha, no sea que arranque y me obligue a conducirla.
Es el cuarto libro de la escritora (tras A donde el viento del sur nos lleve, Besos de sal y A donde la Navidad del sur nos lleve) y se ha convertido en mi favorito.
