Reseña «Comerás flores», de Lucía Solla Sobral

Esta sí que es una novela de terror para la spooky season.

Comerás flores tiene uno de los mejores inicios que he leído: dos páginas tremendas, dolorosas, tan bien narradas que da envidia saber hacerlo así. Y es que la manera de escribir de Solla es bellísima y muy evocadora; usa muchas metáforas, todas certeras, poéticas, inusuales, y hace arte de situaciones cotidianas.

Se me llenan los mofletes de nostalgia. Nostalgia anticipada, porque aún no sé qué echo de menos, qué me falta, qué me sobra si yo no tengo nada. ¿Cuánto hay que perder para no tener nada?

Título: Comerás flores
Autora: Lucía Solla Sobral
Año de publicación: 2025
Editorial: Libros del Asteroide
Género: contemporánea
Tags: maltrato psicológico, duelo, amistad
Número de páginas: 248
Inicio: «El día en el que mi padre murió, hacía sol y yo tenía hambre. Mi padre murió y bajé a Frida a hacer pis. Mi padre muerto y yo lavándome el pelo, eligiendo pendientes, probándome blusas. Ese día tuve que comprar el pan exactamente como cada día, ni muy tostado ni muy crudo, tender la ropa a la vuelta del tanatorio y ponerme los retenedores antes de dormir».

La protagonista es Marina, una chica de veinticuatro años que acaba de perder a su padre. Una tarde, sentada en una terraza, un chico le llama la atención: Jaime. Pocos días después, vuelven a encontrarse y, a partir de ahí, comienzan una relación. Jaime tiene veinte años más. Jaime tiene una hija de la edad de Marina. Jaime tiene un trabajo fabuloso («creador de ambientes», según insiste él; vamos, decorador de toda la vida) y el piso más bonito del mundo. Jaime tiene muchos tatuajes. Jaime tiene un ego del tamaño de la catedral de Burgos.

La historia en sí es terrorífica de lo real que resulta, de saber que hay demasiados Jaimes sueltos por el mundo, escudados en sonrisas y aparente competencia y detalles bonitos y un lado bueno que te hace dudar de ti misma, de si serás «una exagerada», cuando en realidad es un a-bu-sa-dor, un narcisista, un sinvergüenza.

Me pasaba, a veces, que el Jaime al que yo estaba queriendo no me parecía el mismo Jaime del que me hablaban o el que me encontraba cuando estábamos con otra gente. Yo iba de la mano de un Jaime que me cuidaba, pero había un Jaime que gritaba, que paraba el coche en medio de una autopista y le decía a su hija que se bajase, que ya no la aguantaba más, que nos avisaba cuando la cena estaba lista y, si a mí me había molestado algo, no había plato ni comida para mí. Yo no quería perder de vista al Jaime que acariciaba, escuchaba y entendía, por eso me quedé al otro lado del miedo, el lado en el que yo seguía mecida por todas las flores de Jaime, dispuesta a guardar todo lo que se conservase más o menos intacto en un cajón.

Vemos todo el proceso: desde que se conocen y es un tío maravilloso, interesante, maduro, increíble pero cierto, hasta que, poco a poco, vas captando los detalles, las pequeñas señales de alarma que Marina, por estar enamorada, deja pasar. Pasa, pasa, pasa, esconde, esconde, esconde, ignora, ignora, ignora. Hasta que todo aquello se hace más grande que ella misma; que el piso que compartía con su amiga Diana («Y yo la quería tanto que se me inflaba el pecho como una gaita»); que su pueblo, Beiramar, o la propia Pontevedra. Hasta que se da cuenta de lo que ocurre, de lo que le ha pasado durante esos tres años. Hasta que no puede más.

Es dolorosa incluso la dedicatoria: «Para las que todavía estáis en un coche a doscientos kilómetros por hora», que cobra todo el sentido cuando terminas la novela.

La narración de Solla es bellísima y dolorosa. Fotos: Cintia Fernández.

Una parte muy importante de Comerás flores, de la propia Marina, es el duelo que atraviesa por la muerte de su padre. La primerísima frase ya lo menciona, y a lo largo de toda la historia vemos constantes menciones a esa falta y, sobre todo, a recuerdos y anécdotas con él. La autora transmite muy muy bien ese dolor ante la ausencia, ese echar de menos desgarrador, ese «aún no me puedo creer que no esté».

Mamá, aún hoy, cuando se encuentra a alguien que no se ha enterado todavía, se bloquea y se desangra y escarba y se va, porque siente que al decir que papá ha muerto lo está volviendo a matar. No dice muerto. Nunca. Yo tampoco fui capaz hasta muchos meses después. Mientras tanto, dije mi padre no está, se fue, nos dejó, no tengo padre, falleció. No sé si es verdad eso de tengo padre, pero sí que tardé mucho en decir que el padre que yo tenía murió.

Para mí la novela va de maltrato psicológico, por supuesto, pero, sobre todo, de duelo: por la muerte del padre, por un pasado que ya no va a volver, por esa Marina perdida y encerrada en una relación en apariencia idílica, horrible en realidad. El duelo tiene mil formas y mil razones, y la autora las explora de una manera excelente.

A papá, en un año, no le había dado tiempo a convencernos de su muerte, y yo, en ese mismo año, me había enamorado, me había enfadado con mi mejor amiga y me había mudado a la casa más bonita que había visto nunca. Tantas cosas y papá muerto en todas.

Que una novela que me ha gustado mucho me recuerde a otra que también me ha gustado mucho siempre es una grata sorpresa y casi un regalo para mí misma. Y es que Comerás flores me ha recordado, en cuanto a sensaciones y estructura, a la maravilla de El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (de la que hablé en esta entrada y que no me canso de recomendar a la menor ocasión): capítulos cortos, algunos de una sola frase, narración a veces casi poética, muy evocadora, y, a la vez, cruda y realista, temas como el duelo o la violencia…

👉 En definitiva, Comerás flores es una novela corta, pero con un profundo mensaje, narrada de forma hermosa, cruda y honesta, realista y poética, que te hará detestar a Jaime, llorar con Marina, echar de menos a su padre y querer ser amiga de Diana (¡y de la perrita Frida!).

Esa noche, vi a mi sobrino llorar y reír. Yo también lloré y reí. No sabíamos qué hacer con tanto dolor en los pulmones.


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Publicado por Cintia Fernández

Leo, escribo, corrijo. Y vuelta a empezar.

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